
María había sido condenada injustamente.
Ella, tan confiada como era, nunca se pudo imaginar que fueran a traicionarla de aquella forma. Alguien, maliciosamente, había vertido un terrible rumor sobre María, y en aquel pueblo tan pequeño donde todo se sabía, el rumor había corrido como la pólvora. Nadie se paró a pensar, ni por un segundo, en el daño tan grande que podían causar aquellos comentarios, pero qué más daba cuando se trataba simplemente de la vida del otro. Ellos tenían familia y niños que atender como para estar perdiendo el tiempo preocupándose por tonterías. Al fin y al cabo ella no era sino una descarriada, y nada de eso les concernía.
María sufrió sola y en silencio, viendo cómo todos le daban la espalda, aquel injusto y largo calvario hasta que llegó el día. Ni siquiera intentó defenderse. Había una cosa contra la que no se podía hacer nada, algo que ya la había matado en vida, y si ya no podía confiar en la personas bienvenido era su castigo; por lo menos así encontraría algo de sosiego para su atormentada alma.

Aquella fría y triste mañana todos se congregaron en la plaza. Querían ver el espectáculo. Qué mejor manera de expiar sus culpas que cargándolas sobre otros hombros y sintiéndose, así, libres de pecado.
María, resignada, en lugar de cerrar los ojos, hizo algo en el último segundo que nadie se esperaba, y un helado estremecimiento recorrió los cuerpos de los allí presentes. Sólo cuando la vieron colgada, apenas sin vida, se dieron cuenta del terrible error; pero ya nada se podía hacer para paliarlo.
Todos bajaron la cabeza y se fueron yendo, en silencio y sin mirarse, hasta sus casas. Había que continuar con sus vidas lo antes posible: cortar leña, encender el fuego, preparar la cena de esa noche… Era mejor ocupar la mente con cualquier cosa y olvidar que algún día, por no medir los estragos que podían causar sus habladurías, habían cometido la mayor de las equivocaciones.

¡¡¡Quién podría olvidar jamás aquella inocente mirada de indulgencia!!!
Photos y texto by EL VIAJERO DEL FARO
María sufrió sola y en silencio, viendo cómo todos le daban la espalda, aquel injusto y largo calvario hasta que llegó el día. Ni siquiera intentó defenderse. Había una cosa contra la que no se podía hacer nada, algo que ya la había matado en vida, y si ya no podía confiar en la personas bienvenido era su castigo; por lo menos así encontraría algo de sosiego para su atormentada alma.

Aquella fría y triste mañana todos se congregaron en la plaza. Querían ver el espectáculo. Qué mejor manera de expiar sus culpas que cargándolas sobre otros hombros y sintiéndose, así, libres de pecado.
María, resignada, en lugar de cerrar los ojos, hizo algo en el último segundo que nadie se esperaba, y un helado estremecimiento recorrió los cuerpos de los allí presentes. Sólo cuando la vieron colgada, apenas sin vida, se dieron cuenta del terrible error; pero ya nada se podía hacer para paliarlo.
Todos bajaron la cabeza y se fueron yendo, en silencio y sin mirarse, hasta sus casas. Había que continuar con sus vidas lo antes posible: cortar leña, encender el fuego, preparar la cena de esa noche… Era mejor ocupar la mente con cualquier cosa y olvidar que algún día, por no medir los estragos que podían causar sus habladurías, habían cometido la mayor de las equivocaciones.

¡¡¡Quién podría olvidar jamás aquella inocente mirada de indulgencia!!!
Photos y texto by EL VIAJERO DEL FARO
2 comentarios:
Buff, que fuerte! lo triste es que han habido muchas Marías (y alguna quedará), quizá no lo han hecho de manera pública, como la de tu historia, pero sí por culpa de lo que dice la gente.
Muy buenas fotos, me encantan esos tonos y las de los post anteriores igual, despues de un merecido descanso ya estoy de nuevo dando guerra, un abrazo desde Asturias.
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