
“A los veintidós años, en primavera, Sumire se enamoró por primera vez. Fue un amor violento como un tornado que barre en línea recta una vasta llanura. Un amor que lo derribó todo a su paso, que lo succionó todo hacia el cielo en su torbellino, que lo descuartizó todo en un arranque de locura, que lo machacó todo por completo. Y, sin que su furia amainara un ápice, barrió el océano, arrasó sin misericordia las ruinas de Angkor Vat, calcinó con su fuego las selvas de la India repletas de manadas de desafortunados tigres y, convertido en tempestad de arena del desierto persa, sepultó alguna exótica ciudad amurallada. Fue un amor glorioso, monumental. La persona de quien Sumire se enamoró era diecisiete años mayor que ella, estaba casada. Y debo añadir que era una mujer. Aquí empezó todo y aquí acabó (casi) todo.”
Sputnik, mi amor
Haruki Murakami
Éste para mí es un buen comienzo para una novela. Un comienzo rotundo, contundente, de estos que por lo menos, a mí, me atrapan y no me sueltan hasta la última página. Y eso me ha pasado con éste y con otros libros de mi admirado Murakami, inspirándome y apasionándome con sus historias electrizantes de soledades encontradas, de música y de sueños.
Murakami se dedicó durante años al mundo de la noche, regentaba un local de jazz muy importante hasta que un buen día, de repente y sin pensarlo, tuvo la revelación inesperada de ponerse a escribir. Y lo dejó todo, le dijo a su mujer que si quería realmente hacer algo grande tenía que dedicarle toda su vida, el 100% de su energía y de su existencia. Su mujer lo apoyó y confió en él, le dijo que se tirara de cabeza a la piscina, cerró su local de jazz, el único sustento para la familia, y se dedicó a escribir, día y noche.
A eso le llamo yo tenerlos muy bien puestos, ¡¡¡sí, señor!!!
Hoy Murakami es uno de los escritores más venerados no sólo en Japón sino en todo el mundo y a mí esta historia me da una fuerza tremenda para seguir creyendo en lo que llevo tantos años creyendo.
Yo, desde el miércoles pasado, he vuelto a escribir… uf! Menos mal! (Qué miedo me dan estos largos y al final siempre necesarios parones) Y cuando digo escribir es escribir, horas y horas, exprimiéndome al máximo hasta que no queda nada. Otra vez he vuelto a sentarme con mi taza de té humeante con las primeras luces del día a mi espaldas, para seguir construyendo lo que para mí (y ya eso es importante) es, ha sido y seguirá siendo una apasionante historia de superación personal.
Ay, Daniel! Cuánto te estoy haciendo sufrir, no? Pero tú te lo has buscado, si me permites decírtelo con franqueza.
Y es que si temía que la segunda parte de mi novela no tuviera la misma intensidad que la primera, qué equivocado estaba!, porque en la vida las cosas se repiten una y otra vez hasta que no se superan del todo, y Daniel, sintiéndolo mucho, va a tener que repetir algunas cosas nada agradables, todo hay que decirlo, con la única diferencia de que esta vez lo hará mucho pero mucho mejor. ¡Así me gusta!
Ahora sólo tengo que seguir escribiendo, escribiendo y disfrutando, con mi portátil a cuestas, todas las horas que el día me permita abandonarlo todo, y sentarme, sea en mi casa, o ante uno de mis faros preferidos, a seguir contando la historia… que algún día…
…y ahora estoy completamente seguro…
Recorrerá el mundo…
Ire en el Kastillo, un domingo de octubre del año pasado