
Él sabía que tenía una responsabilidad con el mundo. Por eso se esforzaba cada día en dotar con un brillo especial cada una de sus obras. Quizás su trabajo no estuviera del todo valorado, quizás no tuviera un nombre, ni fama ni dinero, pero para él nada de eso era importante. Se sentía afortunado porque había tenido el coraje de perseguir sus sueños y atraparlos; y eso no tenía precio. Ya no le importaba sentirse incomprendido, ni lo que pensaran de él, ni sentía la necesidad de competir ni de demostrarle nada a nadie. Tan sólo se limitaba a darle forma a todas las ideas inspiradas que recibía cada noche para luego lanzarlas al mundo. Ahí terminaba su trabajo, porque el placer estaba en el viaje y no en el destino, y nadie como él había aprendido cómo disfrutar de todo para luego compartirlo con los demás. Quizá actuando así, sin esperar ningún resultado, tuviera la gran suerte de que con alguna de sus palabras, imágenes o melodías... consiguiera, en alguna parte del mundo, iluminar la vida de alguna persona.
El viajero del Faro
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